Orwell tenía razón sobre los medios de comunicación

Sidi Bouzid, situado en el corazón de Túnez, no es un pueblo cualquiera. El 17 de diciembre de 2010 esta localidad fue testigo de un hecho que cambiaría la historia. En medio de una crisis económica sin precedentes, el joven Mohamed Bouazizi decidió prenderse fuego para protestar contra la confiscación de su puesto de frutas, la única fuente de ingresos de su familia. Las autoridades tunecinas impusieron un silencio mediático en los medios de comunicación oficiales, pero no calcularon el poder de las redes sociales. La muerte de Mohamed llegó al interior de todos los hogares del país transformando la rabia y la desesperación en una revolución. Las protestas contra el autoritarismo y la indignación de la población de Túnez pronto se extenderían. La Primavera Árabe estallaba.

Las redes sociales frente a los medios tradicionales

Las publicaciones en Twitter, Facebook y otros portales digitales fueron un instrumento clave de las insurrecciones democráticas en el mundo árabe. El papel de activistas como Mohammed Nabbous en Libia o Mohamed El-Maskati en Bahréin fue fundamental para convertir las protestas de los manifestantes en una actitud activa frente a los medios de comunicación. La gente escapó de la censura de los gobiernos a través de las redes sociales y, como ya había sucedido en Occidente, estas se consolidaban como una fuente más de información. Sin embargo, como ocurre en todo el mundo, la construcción de la realidad social continuó bajo el monopolio de la prensa corporativa.

De hecho, el periodista Mikel Ayestaran relata en su libro Oriente Medio, Oriente roto como algunas voces aseguran que el considerado “primer mártir de la revolución” no fue más que un producto de los medios de comunicación. Es más, mientras que en 2009 el entonces presidente de los Estados Unidos Barak Obama se negaba a calificar al dictador egipcio Hosni Mubarak de “gobernador autoritario”, tras el comienzo de las revoluciones democráticas dio su apoyo militar y mediático a los rebeldes del país, de la misma forma que el resto de las potencias occidentales. «La OTAN ayudará a florecer la Primavera Árabe”, reconocía el exsecretario de la alianza del Atlántico Norte, Anders F. Rasmussen.

Ejemplares de periódico en papel de los medios de comunicación de la prensa británica

La cara oculta del periodismo corporativo

Aquí es donde aparece Noam Chomsky, quien insiste en que la construcción de la realidad social responde a los intereses de lo que Lippmann denominó “clase especializada”, es decir, aquellas personas encargadas de dirigir al “rebaño desconcertado”, el resto de todos nosotros. Ahora bien, como señala Jordi Berrio, “las opiniones siempre suponen juicios individuales, lo que hace que al hablar de opiniones colectivas se corra el riesgo de crear abstracciones”. Por esta razón, la opinión pública, señala este profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, no es algo homogéneo y, por lo tanto, fácil de controlar, sino que es resultado de la interacción comunicativa cara a cara (directa) y con los medios (indirecta).

La opinión que tenemos sobre un asunto en nuestra interacción con los medios de comunicación está determinada en un primer momento por la “teoría de la agenda-setting”. Este concepto desarrollado por McCombs y Shaw en 1972 se refiere a la capacidad que los medios de comunicación de masas poseen a la hora de establecer qué noticas son las más importantes y cuáles deben ocupar más espacio informativo. Noam Chomsky, a su vez, apunta que este concepto evidencia la alianza entre los medios y la élite o “clase especializada” que controla los gobiernos.

Los casos de Siria y Yemen

Un ejemplo claro de la “teoría de la agenda-setting” es el de la guerra de Siria, un país que posee una posición geopolítica muy importante al tratarse de la principal salida de Oriente Próximo al mar Mediterráneo y contar con numerosos yacimientos petrolíferos. Desde 1970, el gobierno se encuentra en manos de la familia al-Asad, lo que ha convertido Siria en uno de los principales aliados de Rusia. Las protestas que se produjeron a raíz de la Primavera Árabe dieron la oportunidad a los Estados Unidos y sus aliados de intervenir. Ese fue el motivo por el que la Guerra Civil siria se convirtió en un conflicto de carácter internacional, mediatizado con el fin de justificar la intervención militar y los bombardeos de los Estados occidentales.

La imagen mediática proyectó la necesidad de defender los derechos humanos y ayudar a los rebeldes sirios para legitimar la acción de Occidente, mientras que lo que buscaban realmente era hacerse con el control estratégico de la zona. Otro ejemplo, completamente contrario pero muy revelador, es el de Yemen, otro de los países sacudidos por la Primavera Árabe. Según datos de la OTAN, más de 22 millones de yemeníes necesitan ayuda humanitaria o protección, razones más que suficientes para efectuar una intervención similar a la de Siria si se emplea la misma lógica. No obstante, este país situado al sur de la península arábiga se encuentra en guerra con Arabia Saudí, una de las potencias aliadas de Occidente en la región, lo que ha condenado a Yemen a un silencio mediático inexplicable.

Sobre Orwell y el fin del entendimiento

Para Bernard C. Cohen, autor de The Press and foreign policy, “puede ser que la prensa no tenga éxito la mayor parte de las veces en decirle a la gente qué pensar, pero tiene un éxito sorprendente al decirle a la audiencia sobre qué pensar”. Orwell no estaría tan de acuerdo. El periodista británico retrató a través de su obra 1984 un mundo distópico en el demostró cuál era el instrumento de manipulación de masas más eficaz: el lenguaje y su simplificación. En ese hipotético mundo, el gobierno del Gran Hermano desarrollaba un nuevo idioma, la neolengua, que busca hacer imposible otras formas de pensamiento contrarias a los principios del partido. Por ejemplo, para que la población no pudiera reivindicar la justicia, se eliminaba la palabra justicia y sus correspondientes sinónimos.

Esta es la batalla que hoy en día juegan los poderes fácticos a través de los medios de comunicación. La lucha por el lenguaje, que además se simplifica inevitablemente debido al formato de las redes sociales, está a la orden del día. Por ejemplo, si por la mañana ojeamos un periódico muy cercano al Gobierno español, en sus páginas leeremos sobre el “respeto al Estado social y democrático de Derecho”, el “terrorismo de los CDR” y los “políticos presos”. Por el contrario, si compramos un diario de ideología contraria, leeremos sobre “el derecho a decidir”, la “desobediencia legítima” y los “presos políticos”. Este es el problema actual, la relativización de la realidad en un clima de extrema polaridad que sacude a todo el mundo, una de las razones que han facilitado la proliferación de las “fake news”.

La pluralidad como solución

En cualquier asunto, desde la Guerra Civil siria hasta la crisis catalana y pasando por las elecciones estadounidenses, las élites dirigentes de cada facción política banalizan el lenguaje y lo intenta modelar de acuerdo a sus intereses. Así, en la interacción directa, nuestras conversaciones del día a día y las discusiones que tenemos con los demás, podemos construir una realidad en la que sentirnos cómodos. La clave está en abrazar la pluralidad, ser críticos con las informaciones que recibimos y no dejar nunca que nos digan qué y cómo debemos pensar. O eso, o estamos perdidos.